Ayer salí con ella. Primera vez, primera cita. Mucho de atípico en ella. Casi empezando a aburrirme de esto, de no encontrár más que algún efímero deseo sexual, nos encontramos. Me esperaba ahí, sentada, de espaldas. También un poco nerviosa, deduje por el pequeño rebote de su rodilla desnuda.
Ella verborrágica, no podía ni con un silencio nimio. En cambio yo observándola, seducido por su voz dulce, por su incomodidad.
Y al final de todo el beso. La continuidad de un apenas roce, un roce que parecía casual, pero con labios que ardían distraídos muy cerca, los míos, los de ella. Y casi sin querer, el contacto, intermitente, la dilación del momento previo e irreversible al primer beso. Y fueron tres horas de aquello, de ese beso, de mis dedos dibujando en su cara, mis dedos urgando en su pelo, los suyos en el mío. Y sin querer más que eso, quise mucho más de eso. Fueron tres horas, aunque podría haber seguido hasta la semana que viene, y no digo lunes ni martes, digo viernes, por lo menos.
Y desde entonces pensando en ella, en llamarla, en volver a verla. Dudo si llamarla hoy, pero sólo por idiota, por temor a que ella sienta que es demasiado pronto.
Me gusta sentirme así. Me gusta estar así, pensando en ella.